Esta fue mi realidad, me divorcié de una vida de diez años. Cinco de novios y cinco de casados. Casa comprada, trabajo estable, un plan que encajaba con lo que me habían enseñado mis padres: terminar una carrera, echarte novio, casarte, comprar casa, perro, tener hijos. Yo seguí el guión. Hasta que dejó de funcionar.
No fue un día concreto. Fue ir acumulando señales que no sabía interpretar en ese momento: una relación que ya no se podía arreglar, los intentos de tener hijos no salieron, y yo empezaba a sentir que llevaba años intentando encajar en un molde que ya no era mío. Algo por dentro se rompió, daba igual todo lo que tuviera, me sentí vacía. Lo más duro no fue solo separarme de una persona con la que tenía un plan de vida. Fue aceptar que ese plan de vida que había seguido ya no funcionaba, y que tenía que empezar a construir una relación nueva con mi propia vida.
Antes de tomar la decisión final empecé terapia. Necesitaba entender qué me pasaba, por qué me pasaba a mi si lo había hecho todo bien. En diciembre de 2017 tomé la decisión de separarme y se lo dije a mi familia. No lo esperaban, no lo habían visto venir. Fue muy triste y yo sentí que había decepcionado a todo el mundo.
Viví unos meses con mis padres, pensando qué hacer con mi vida. Quedarme sin plan, me afectaba mucho mi (estructurado y orientado a objetivos) modelo mental, sólo me preguntaba: ¿Y ahora qué?.
Entonces llegó una oportunidad para irme a Chile y trabajar en LATAM Airlines. Pasé las entrevistas, me llevé a mi madre a Chile en el viaje que me organizaron antes de firmar el contrato, y al final acepté. Mi madre me dijo que era mi momento y lo necesitaba. Lo sentí como un milagro, pero también como una salida necesaria: sentía que ya no encajaba con mi familia, ni con mis amigas, ni en un trabajo donde llevaba diez años y no iba a poder progresar. Necesitaba cambiar de vida, aunque no supiera todavía qué vida era esa.
Recuerdo mi última semana en España como si fuera un capítulo entero en sí misma, fue horrible.
- El lunes me despedí de mis amigas.
- El martes, el desayuno de despedida en la empresa donde había empezado como desarrolladora de software y había ido creciendo hasta ser la program manager de una línea de negocio tras dos adquisiciones complejas.
- El miércoles 16 de Enero del 2019 firmé el divorcio: agarrados de la mano, con mucho respeto y cariño, aunque con una tristeza enorme.
- El jueves cené con mi familia tortilla y croquetas.
- El viernes volé a Chile con cinco maletas de veinte kilos, y muchos sentimientos encontrados de emoción y dolor.
Mirando atrás, fue la decisión correcta. Meses después mi exmarido me dijo que él también lo creía, y que esa decisión nos permitió a los dos curarnos y empezar de nuevo. Pero en aquella semana solo sentía que ser honesta conmigo misma había herido a mucha gente.
No me fui de España por valentía pura, necesitaba huir, no sabía qué más hacer con lo que quedaba, y Chile me ofrecía empezar algo nuevo. A los treinta y cinco años era la primera vez que vivía sola fuera de casa de mis padres. La primera vez que buscaba un piso para mí sola. La primera vez que decoraba una casa que era solo mía.
Eché de menos tener cerca a alguien que hubiera vivido algo parecido: una pareja rota donde la mejor solución era separarse, un cambio de carrera tras tantos años en un mismo lugar, tener que buscar un nuevo hogar, hacer nuevas amistades.
Eso es lo os voy a contar en el próximo artículo: cómo empecé a reconstruirme lejos de todo lo que conocía. Porque salir de una vida de diez años no termina cuando firmas el divorcio ni cuando cierras la maleta. Termina mucho después, cuando empiezas a reconocerte en la persona y vida que estás construyendo.
¿Hay algún plan en tu vida que te estés cuestionando?

Deja un comentario