En el artículo anterior os dejé en el avión, con cinco maletas y una vida de diez años que acababa de cerrar. Esto es lo que vino después: no un reinicio limpio, sino dos reconstrucciones distintas.
Chile: aprenderlo casi todo otra vez
Los primeros meses en Chile lloré mucho. Me sentía muy sola: llegar a un apartamento temporal, tener que buscar un hogar, nadie que conociera mi historia, y sentir que lo cotidiano más básico pedía una energía que yo apenas tenía. Todo me costaba. Lo único que se sentía sólido era el trabajo: tenía horario, un equipo, un reto que me apasionaba, un sitio donde yo sabía quién era mientras el resto de mi vida todavía no tenía forma, mi identidad profesional me ayudó a tener un pilar de mi vida sólido.
Reconstruir mi vida fue una lista concreta de desafíos. Aprender a hacer amigos otra vez, sin el colchón de la gente que te conoce desde siempre. Descubrir qué hobbies me gustaban de verdad, y dejar de llenar la agenda con planes a los que iba sin ganas muchas veces porque tenía que ir probando. Exponerme continuamente a lugares y personas nuevas, tan necesario y agotador por partes iguales. Aprender a manejarme en una cultura nueva, en un sistema distinto, con algunos valores diferentes a los de mis raíces. Empecé a viajar sola porque mis amigos ya habían estado en esos sitios y yo no quería esperar a que alguien estuviera disponible para descubrir el país; al principio lo viví como un plan B.
Y de ese plan B salió el mejor aprendizaje de mi vida: descubrir cómo disfrutar de mi propia compañía. Disfrutar de mí. Hacer cosas que me sientan bien sin esperar a nadie, elijo mis planes y los hago. Básicamente gané autonomía en mi felicidad. Eso me cambió más que casi cualquier otra cosa que haya aprendido después.
Mi mejor aprendizaje de vida fue aprender a disfrutar de mi compañía.
Lo mejor que me pasó en Chile fue aprender a disfrutar de mí, y conocer a amigas que hoy son familia a pesar de la distancia, una distancia que hacemos corta para seguir viajando juntas por el mundo. Y junto a eso, expandir mis recursos profesionales en LATAM Airlines: adaptarme a un entorno nuevo, crecer en responsabilidades, y hacerlo mejor precisamente porque estaba fuera de lo conocido. Toda la experiencia fue increíble. Incluso conseguí una promoción que no llegué a disfrutar del todo, porque en paralelo apareció la oportunidad de Epic Games y mi atención ya estaba en ganas de vivir una experiencia nueva en algún otro lugar.
Cuando llegó el momento de irme, la despedida fue dura, pero desde el cariño. Esta vez no me iba huyendo, como había sentido al salir de España. Me iba dando las gracias por lo que Chile me había enseñado: ahí hice mi duelo y pude curarme, me descubrí, gané confianza en mí y me cargué de recursos que después iba a necesitar. Cerré esa etapa con muchísima gratitud.
Berlín: llegar con la mochila cargada de ilusiones
A Berlín llegué muy distinta. Traía ilusión, traía fuerza, y traía recursos que en Chile había tenido que inventar desde cero; además conocía al menos a una persona, y eso, que parece poco, cambia el punto de partida porque alguien conoce tu historia, te abre a la ciudad y su gente. No era la misma mujer de las cinco maletas y la huída necesaria: era alguien que ya había reconstruido su vida una vez y sabía, al menos un poco mejor, cómo enfrentarse a un cambio tan radical.
Aun así, el reto fue enorme, porque cambié de empresa (Epic Games), de rol (empezando como Senior Manager y consiguiendo una promoción a Directora de Product Support) y de idioma de trabajo al mismo tiempo, con el inglés ocupando el día entero y el alemán esperándome fuera de casa en cada trámite. Al principio tuve que elegir muy bien mis batallas, porque construir hábitos de cero otra vez consume una energía brutal aunque ya tengas recursos y sepas el proceso. Aprendí a priorizar qué merecía mi atención cada semana y qué podía esperar, no por resignación, sino por respeto a lo que cuesta volver a armar una vida en un país nuevo cuando ya sabes que la reconstrucción no es magia: es constancia, auto-cuidado y vivir decisiones imperfectas con lo que aprendes cada día.
Berlín ha sido expansión. Una ciudad con amistades de diferentes países que me enriquecen con distintas maneras de ver las cosas, donde la diversidad se respeta, y que además está cerca de casa. En Chile me daba pánico que hubiera una emergencia familiar: con un vuelo de doce horas sabía que no llegaba. Aquí, a tres horas, me siento en casa, y lamentablemente ya he confirmado que si hay una emergencia llego en horas.
Aquí empecé a bailar salsa, una actividad social que podía disfrutar cuando aún no tenía amigas, me sacaba de la pantalla y me permitía ser follower cuando en casi todos los aspectos de mi vida soy manager. El baile ha sido otro gran descubrimiento en mi vida.
La experiencia en Epic Games fue impresionante por lo aprendido en producto, operaciones, y por cómo una cultura con otros principios puede generar tanta autonomía para tener impacto a diario en millones de personas.
Sigo en Berlín, y siendo sincera, tengo muchos pensamientos de cambio otra vez, aunque ahora con más calma, más experiencias que son información y revisando mis prioridades de vida en una etapa nueva, básicamente estoy en una transición de vida otra vez.
España me mostró que no hay un único plan de vida, que se puede construir otro y sacar lo mejor de él. Chile me curó, me enseñó a descubrirme cuando no tenía casi nada ordenado por dentro. Berlín me está enseñando a reconstruirme cuando sí tienes recursos, a vivir en varias culturas a la vez y a reflexionar en dónde quiero continuar. Las tres historias son mías, y las tres me trajeron hasta aquí: a una vida que sigo construyendo, disfrutando todo lo que puedo, con más honestidad interior y, sobre todo, con más intención.
Y tú, ¿hay algún aspecto de tu vida que estés reconstruyendo?.

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